martes, 27 de septiembre de 2016

El reto de Isa

Durante mi carrera como investigador he trabajado en tres laboratorios distintos. En todos ellos he tenido la inmensa suerte de coincidir con compañeros de bancada magníficos, en parte reflejo de que cada uno de los responsables de dichos laboratorios fueron (son) unos jefes ejemplares, respetuosos y creadores de buen ambiente. Pero los buenos jefes no son la única razón de que un laboratorio sea un sitio donde da gusto trabajar. Hay otro factor, también humano pero que no siempre es obvio, que influye notablemente en este desarrollo de la labor investigadora. Se trata de los técnicos de laboratorio, esos profesionales de la ciencia a menudo ninguneados y pasados por alto, a los que otros investigadores miran con desdén por encima del hombro porque una vez terminan de rellenar las puntas, preparar los medios y pasar las células, cuelgan la bata y se van a su casa o a donde quiera que les apetece pasar las horas que quedan hasta la jornada siguiente, en lugar de quedarse descargando artículos o preparando un seminario de resultados hasta altas horas de la madrugada.




lunes, 19 de septiembre de 2016

La entrevista

- Pero a ver, si es que eres cabezón, ¡quieres devolver la llamada a la periodista!

- Que no macho, no sé cómo decírtelo, ¡que no me da la gana conceder más entrevistas!

- Mira que eres terco. Para una vez que tenemos resultados chulos... ¡el mundo tiene que saberlo! ¡Piensa en la Humanidad, no en ti mismo!

- Estás de coña, ¿no?

- Bueno, un poco; pero macho, la visibilidad nunca viene mal. Quién sabe, igual algún filántropo aburrido se ve inspirado por lo que contamos y nos financia una investigación.

- De coña de nuevo, ¿a que sí?

- Claro.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Una reseña diferente


Por si no fuese bastante honor que mi relato de ciencia ficción haya inspirado una portada, encima se trata de una portada tremenda y que... ¡brilla en la oscuridad! (la oscuridad es el tema común a todos los escritos del número; sí, eso es también marca de la casa. Unidad temática en cada entrega).

Este post iba a ser una reseña de los últimos números aparecidos de Principia y Principia kids, los cuales he leído durante este verano. Quería disfrutarlos bien antes de escribir sobre ellos. Y llegado el momento de contar qué me han parecido, me enfrento a un dilema: no quiero hacer una reseña al uso. De hecho, no puedo hacer una reseña al uso. Por varias razones. Que procedo a enumerar:

1. Principia no puede reseñarse como una revista, como un libro, como un cómic, o como una publicación de divulgación. A sus creadores les gustaría que os dijese que en realidad es un "magacín cultural", pero tampoco la voy a llamar así. Lo más riguroso que podría decir es que es un poco de todo eso... y mucho más que todo eso.

2. Hay multitud de blogs y webs donde se describen los contenidos de los números, empezando por la propia página de la tienda de Principia. Cualquiera que los lea puede hacerse una idea de lo variado, completo y original del índice de contenidos de cada entrega (un ejemplo, y otro, y otro aquí).

3. Una reseña al uso debería incluir una valoración objetiva y pormenorizada de los artículos que componen la revista, sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Obviamente, toda reseña o crítica está siempre sujeta a la subjetividad y los sesgos propios del que la escribe, pero en este caso sería muy flagrante puesto que no solo participo en tres de los artículos contenidos en las revistas (un relato de ciencia ficción de corte clásico, y los guiones de las obligadas citas con OOBIK), sino que conozco personalmente a casi todos los que participan en los demás. A veces es difícil valorar el trabajo de aquellos que te caen muy bien, sobre todo cuando los sigues de cerca y constatas a diario que son gente capaz de lo mejorcito en el campo. Y podría extenderme demasiado. Así que por mucho que me duela, tabla rasa: no nombraré a nadie directamente.

4. En realidad, soy demasiado vago como para hacer lo que de verdad me gustaría: ir uno por uno, destacando sus virtudes y explicando lo que más me ha gustado de cada uno de ellos.

Bueno ya me he cansado de enumerar. Así que voy a dejar a un lado los numeritos y voy a seguir a pelo.

Esta no es una ilustración que uno suela encontrarse acompañando un texto de divulgación. Pero es que la historia que se cuenta, y cómo se cuenta, tampoco tiene nada que ver con la divulgación de la ciencia "clásica". Hay ciencia en "Los 86", pero también hay literatura, emoción, historia, y humanidad. 

Tras mucho pensarlo, he conseguido por fin hallar un buen símil para expresar las sensaciones que, como lector (y olvidando mi participación), me ha producido la dilatada lectura de estas entregas, las cuales me he llevado allí donde he ido este verano. Me han acompañado en mesitas de noche, maletas, en la hora de la siesta y antes de dormir. Comencé la revista por el primer artículo, luego fui saltando de uno a otro, ojeando una y otra vez para recrearme en las ilustraciones, decidiendo cuáles me llamaban más la atención y guiando el orden de lectura según diferentes criterios: porque un dibujo atrapaba mi mirada, porque el autor es un viejo conocido, porque el tema de repente me parece de lo más curioso... en algunos casos, empezaba a leer sin tener ni idea de qué me iba a encontrar. Finalmente, recuerdo agobiarme porque al ir saltando tanto me costaba encontrar los que me quedaban sin leer; así que retomé el principio y fui leyendo todos los que aún no había catado. Como resultado, devoré con ímpetu algunos relatos que me atrajeron desde el principio, pero curiosamente algunos de los que más disfruté fueron de los últimos, porque a lo mejor en su momento no me llamaron la atención. Una vez terminada la revista, la conclusión es que unos me gustaron más que otros; algunos me encantaron, otros me parecieron meramente entretenidos; pero todos, absolutamente cada uno de ellos, me proporcionó algo nuevo, algo original, algo inesperado. Bien por el contenido, bien por la narrativa, bien por las ilustraciones que lo acompañaban.


Los números (perdón; episodios; hasta en la forma de numerar es original esta obra, fíjense en los lomos) de Principia no desentonan en una estantería de cómics, no en vano el formato me retrotrae a algunas de mis novelas gráficas favoritas en formato prestige. Por supuesto, el que cada número incluya historietas de OOBIK también ayuda.

Me vino a la mente - y este es, por fin, el símil - aquellos tomos de Super Humor de cuando era crío, que contenían historietas variadas, algunas protagonizadas por mis personajes favoritos y otras por personajes que no me decían nada en principio. Siempre recuerdo devorar las historias de Mortadelo y Filemón, una tras otra, para luego pasar a las páginas de 13 Rue del Percebe; si había Rompetechos o Pepe Gotera y Otilio, eran los siguientes. Y ya sin rastro del genio Ibáñez, procedía a leer los Superlópez (con el tiempo llegó a cautivarme lo que conseguía Jan además de parodiar a Superman) o los Zipi y Zape. Estos últimos no me entusiasmaban, pero como ávido lector de cómics, al final terminaba por pasar un buen rato; y en otros tomos o revistas de historietas similares (me viene a la cabeza la mítica revista Guai!, cuyo nacimiento y fallecimiento presencié; viejuno que es uno), donde se daban cita otros personajes y autores, a menudo encontraba entre las últimas elecciones en el orden de lectura, auténticas maravillas que llegaban a convertirse con el tiempo en mis favoritas. 


Resultado de imagen de revista guai
El mítico primer número de la revista más guay del kiosco (fuente)


Exactamente esto es lo que sucede con Principia: puede que no seamos muy devotos del estilo de alguno de los autores, puede que algunos temas no nos parezcan novedosos o llamativos, puede que solo nos apetezca leer aquello que es divulgación científica en sentido clásico, o por el contrario, que estemos hartos de los artículos de divulgación; que busquemos aprender cosas nuevas, o que disfrutemos más con las idas de olla, las historietas moleculares, los repasos cinéfilos o los cuentos e historias cortas; pero todo ello ha sido creado por auténticos profesionales, por personas con intereses, experiencias y destrezas de lo más variopinto, siempre desde la pasión y la máxima entrega. Y eso, se nota. Igual que se nota el amor con el que los padres de la criatura (Quique, Cris, Javi y en la impagable labor de co-editores, Silvia y Rafa) se han encargado de pulir las aristas, encajar las piezas, y engalanar todo con un buen gusto y una elección de ilustradores y decisiones de diseño que no solo completan, sino que mejoran aún más el conjunto, convirtiéndolo en una auténtica obra de arte. Arte gráfico, arte narrativo, arte científico. Sí, creo que podemos empezar a hablar de "arte científico" cuando la ciencia o las explicaciones basadas en evidencias experimentales sirven de excusa para hacernos soñar, para hacernos reír, para hacernos llorar. Cuando esa misma ciencia permite crear mundos imaginarios, recrear cosas que nadie es capaz de ver, o inspirar a artistas que terminan pariendo algunas de sus mejores creaciones.

Todo lo escrito en esta reseña vale tanto para Principia como para Principia kids; pero esta última se guarda algunas bazas críticas para conectar con la muchachada, como las páginas para completar con pegatinas (en la imagen, una composición refinada y minuciosa, obra de miniLitos).

Ya advertí que iba a ser una reseña diferente. Porque lo mejor que se puede decir de una obra cualquiera, en el actual panorama sobresaturado y estandarizado, es que sea diferente. Y esta sí es una definición de Principia que me convence, y con cada entrega que tengo en mis manos, me siento más convencido de ello.

¿Qué es Principia? Es algo nuevo, algo bello, algo sorprendente. En definitiva... es diferente. 



jueves, 30 de junio de 2016

La ilusión de heterodoxia (o cuando tu opinión no vale una mierda)

Cuando uno trabaja en ciencia, tarde o temprano llega a una conclusión bastante descorazonadora: tus intuiciones, tus opiniones, tus esperanzas... no valen una mierda. Sí, así de crudo, sin paños calientes. En negrita. Con palabrota y todo. Da igual cuánto busques un resultado, cómo te imagines que va a salir un experimento, hacia dónde dirijas tus esfuerzos. Finalmente te das cuenta de que lo que estás haciendo es interrogar a la naturaleza, y lo que obtienes como respuesta solo lo puedes entender mediante experimentos limitados, sesgados e incompletos. Por si esto no fuese bastante desmotivador, nos encontramos con que el mero hecho de obtener una respuesta es algo poco frecuente. La naturaleza no nos contesta, tenemos que sacarle la información a lo bruto, y desgranar las pocas pistas que, de cuando en cuando, hallamos. Parte de este proceso pasa por repetir los experimentos, una y otra vez, en condiciones exactamente iguales primero, luego en condiciones sutilmente diferentes, finalmente cambiando por completo la técnica o el enfoque experimental. Y solo tras interrogar al objeto de nuestro problema desde todos esos puntos de vista, tras todas esas repeticiones... podemos empezar a traducir. Nos servimos de las matemáticas, a modo de diccionario, para, por medio de ingeniosos (y a menudo poco intuitivos y aburridos ) métodos estadísticos, obtener algo parecido a un "sí" o un "no". Y es en ese momento, cuando por fin podemos responder a nuestra pregunta inicial afirmativa o negativamente, cuando debemos hacer el mayor ejercicio de humildad que se puede hacer: reconocer que después de tanto trabajo, esfuerzo, quebraderos de cabeza... la respuesta obtenida no era la que esperábamos. Toca comenzar de nuevo, replantear nuestra hipótesis, o sencillamente descartarla en favor de otra; tal vez menos emocionante, más anodina... pero más cercana a la descripción de la realidad.

Anton Ego, uno de los fantásticos personajes d ela factoría Pixar, personifica en cada una de sus líneas y gestos las "virtudes" de la soberbia y la autosuficiencia.

Todo esto no es tan difícil de hacer cuando eres, digamos, un don nadie. Uno más entre millones de investigadores experimentales. Cuando tu proyecto no busca dar la vuelta a un paradigma, ni revolucionar un campo concreto. Pero puede ser que haya quien sí persiga esto; o quien crea que está cerca de conseguirlo, aunque sea más o menos involuntariamente. Es en estos momentos cuando el ego nos juega malas pasadas. Gran parte de la "mala ciencia" que ha originado tantos escándalos  que son enarbolados con orgullo y condescendencia por los más críticos con el ámbito científico y su metodología, se enraíza en un ego fuera de control. Tal vez al principio en forma de un sutil despiste, una sobrevaloración del trabajo; pero pronto crece y se extiende como la niebla, empañando el resto del trabajo y enmascarando los datos que parecen querer gritarnos que estamos yendo por el lado equivocado. Esta caída en el Lado Oscuro puede llevar a buscar atajos, a estilizar nuestros resultados, a pulir nuestra estadística e incluso a ocultar los datos que se alejen de nuestra "verdad". Y entonces, nada nos distinguirá del peor de los pseudocientíficos. Porque cada vez tengo más claro que nuestro trabajo no consiste en "hallar la verdad"; ese es un concepto relativo. Trabajamos para describir la realidad y aprender a manejarnos con ella. Y hasta esto es relativo, en parte; la realidad es la que percibimos como individuos, como mamíferos con cierta capacidad para interpretar lo que nos rodea. Pero sigamos dándole vueltas al tema del ego, que estamos llegando al meollo del asunto.

Toma heterodoxia, rufián (fuente)

En torno a esta caída en desgracia regida por el ego desmedido, se cierne otra sombra no menos importante: la de la ilusión de heterodoxia. La historia de la ciencia está plagada de personajes considerados heterodoxos, que contradijeron los paradigmas del momento, que nadaron a contracorriente y no se amedrentaron a la hora de transitar un camino que los demás tachaban de no llevar a ninguna parte, o de contradecir posturas dogmáticas y anticientíficas. Galileo Galiei, Alfred Wegener o el mismísimo Charles Darwin personifican esos genios adelantados a su tiempo que se negaron a sumirse al consenso generalizado y defendieron sus ideas, siempre sustentadas en un trabajo exhaustivo y en una batería de evidencias que harían palidecer a muchos "genios" actuales. La tentación de convertirse en uno de estos eruditos puede ser grande, y lleva  a muchos científicos de gran renombre y con una trayectoria a sus espaldas más que reconocida, a querer personificar esa ilusión heterodoxa. Dejarse llevar por dicha ilusión sin tener en cuenta todo lo que hemos expuesto acerca de los datos y su tiranía ajena a las pasiones humanas significa perder el rumbo. Lynn Margulis no tenía razón por revolucionar la concepción de la biología clásica con sus ideas acerca de la simbiosis celular; la tenía porque las pruebas y evidencias respaldaban sus postulados; y de hecho, más adelante se le fue de las manos el querer llevar dichas ideas más allá de lo que la evidencia, llegando a personificar incluso el negacionismo en temas como la existencia del VIHNo está en nuestras manos decidir si somos heterodoxos o no; es una cuestión histórica y de contexto. Puede que nuestra investigación vaya en contra de la de muchos otros, pero en la era de la información y de la rapidez de contraste de cualquier publicación, experimento o hipótesis, lo sensato es ceñirse al trabajo y las evidencias recogidas por otros. La ciencia no es democrática, dicen; pero sí existe consenso científico. Lo bello de esta situación es que dicho consenso es dinámico, y cambia tanto como cambia la disponibilidad de datos y evidencias acumuladas. Lo que algunos confunden con debilidad, es en realidad el auténtico valor de la metodología científica: su capacidad de corregirse y mejorar sus conclusiones continuamente. Si fuimos pioneros, puede que incluso lo sepamos en vida, pero normalmente pasarán años hasta que se confirme lo que realmente fuimos; pero nada hay de meritorio en enarbolar uno mismo la bandera de la heterodoxia, descalificando el trabajo ajeno, queriendo buscar genialidad y revolución cuando, lamentablemente, la época histórica de dogmatismos obtusos y oscuros que se veían desgarrados por la luminosidad de un genio puntual que podía ver más allá de sus coetáneos, ya pasó. Hay ideas revolucionarias, descubridores e inventores fantásticos... pero sus hallazgos y méritos se contrastan enseguida, y el consenso vira vertiginosamente a su favor, guiado por la ola de las nuevas evidencias. La naturaleza no ofrece síes ni noes, blancos ni negros; navegamos en un mar de tonos grises, donde es fácil cambiar de dirección siguiendo la cresta de la ola, pero con la tranquilidad de que en los momentos de calma, subidos al palo mayor y desde la cómoda posición del vigía, podemos echar la vista alrededor, reunir trabajos y más trabajos realizados antes y ahora en todos los lugares del mundo, y sacar conclusiones que cartografían cada vez con mayor precisión ese mar de grises en el que siempre parecemos navegar a la deriva.

Y ahora, para terminar, descendamos amigos míos del palo mayor, arribemos a puerto y descendamos de esta metáfora marítima para arremeter, de forma prosaica y banal, contra aquellos autodenominados heterodoxos que hacen estragos hoy día en las redes sociales. Gente que confunde sensacionalismo barato con ingenio y marketing; personajes que se mueven en un campo tan serio como la salud pública, y aun así manejan términos y definiciones como les viene en gana, con tal de llamar la atención y denunciar problemas que consideran importantes. Por supuesto que muchos de dichos problemas sí merecen atención. Pero olvidan, al lanzarse a esta estrategia, lo imprescindible del rigor cuando se habla de ciencia. Las palabras importan (se lo repito a mis alumnos en TODOS los exámenes), las definiciones deben ser precisas, las excepciones cuentan: todas ellas. Negar enfermedades para criticar el sobrediagnóstico, minimizar la relevancia de patologías mortales para denunciar efectos secundarios de ciertos tratamientos... son ejemplos de pura y simple irresponsabilidad y falta de respeto hacia los millones de personas que sufren y padecen, directa o indirectamente a causa de enfermedades incurables. No puedo sino indignarme y sentirme tremendamente cabreado cuando lo hacen personas con formación científica, que tal vez movidos por un ego desmesurado o poseídos por el fantasma de la heterodoxia*, atesorando seguidores e idolatradores que no cuestionan sus palabras, sus métodos, ni sus intenciones. Estos científicos, que pueden haber sido brillantes en su día, han olvidado la valiosa lección con la que empezábamos: tus deseos, tus ansias, tus opiniones, tus impresiones obtenidas en base a una experiencia personal individual a lo largo de la irrisoira duración de una vida profesional humana... no importan una mierda. Da igual lo genial que seas, o lo valioso de tu mensaje: todo aquello que cuentes que se aleje de los datos, de la evidencia, y más importante, que obvie el sufrimiento y el dolor de tus congéneres... no importa una mierda.

Trabaja, encuentra, denuncia, comunica. Con toda la pasión que puedas. Pero con rigor, con respeto, y con humildad. Porque hay mucho en juego, no sólo tu reputación o el que tu nombre pase a los libros.

Lo cual, dicho sea de paso, tampoco importa una mierda.


* he obviado deliberadamente la posibilidad de que estos personajes no estén movidos por fantasías de ego y heterodoxia, sino por la más vil mezquindad consistente en ganar dinero a costa de vender sus productos o sus ideas en forma de charlas y cursos magistrales. Esto directamente no es que no importe una mierda, es que en mi opinión debería constituir delito y ser perseguido cuando afecta a la salud pública, y daría para varios posts.


lunes, 6 de junio de 2016

I CONCURSO JINDETRÉSICO: un ganador, y una exclusiva

Bueno amigos, quién lo iba a decir, pero a pesar de la frikez de reto planteado y las horas bajas del blog, en respuesta a la pregunta planteada en el I Concurso Jindetrésico "Esto no es una pipa" recibimos no una ni dos, sino ¡muchas! respuestas, la mayoría además flamantemente correctas (incluso muy detalladas). Así que, tras un sorteo ante notario  de cuya aleatoriedad solo tenéis mi palabra (al menos puedo garantizar que el encargado de sacar las papeletas del frasco no sabía leer; algo es algo), paso a anunciar a la afortunada persona ganadora:

Ester Artells (@Dr_Esterichia)

Curiosamente, el azar ha favorecido a la primera persona que retuiteó el desafío y me estuvo instando a decir la solución o a dar pistas, hasta que me motivó lo suficiente como para convertir el reto tuitero en un concurso de blog. Un caso de karma buen rollero que ni Earl Hickey, amigos. ¡¡Enhorabuena!! 

¿Y qué ha ganado, exactamente, os preguntaréis? (sobre todo él/ella). Pues como ya anuncié, un libro de divulgación. ¿Y qué libro de divulgación?, me responderéis, un poco hartos de tanto rodeo. Pues ni más ni menos que el estreno de servidor de ustedes, en formato celulósico.




La colección "¿Qué sabemos de...?" es una iniciativa del CSIC en colaboración con la editorial La Catarata, para publicar sencillos libros de divulgación sobre temas de actualidad, escritos por científicos en activo, y a un nivel de sencillez suficiente como para que los entienda alguien sin formación en el campo correspondiente. Desde jóvenes, hasta adultos con interés por la ciencia. Recibí un día una llamada misteriosa proponiéndome lanzarme a escribir una entrega sobre epigenética, y aunque a día de hoy sigo sin creerme que fuese porque la responsable de seleccionar títulos y autores se topase de casualidad con mi blog, la cuestión es que me animaron a aceptar el reto. He intentado en la medida de lo posible mantener el espíritu y el tono que ya había leído en otros libros de la misma colección, pero también aportar algo de mi personalidad y estilo (es decir, unas cuantas dosis de chorraditas). Ha sido mi primera experiencia "a gran escala", comparado con mis escarceos con la divulgación más "clásica" que he hecho en formato virtual y cortito anteriormente; he sudado bastante, más cuando se trata de un tema no exento de malas interpretaciones y polémicas habituales; pero creo que he conseguido dejar claro que la ciencia está bastante lejos de dar los temas por zanjados y de definir las cosas como blancas o negras. Creo que eso es de lo más importante a la hora de divulgar. Así que os animo a todos a hincarle el diente a la obra, y a escribirme sin pudor ni remordimientos para comentarme vuestras apreciaciones, sugerencias, críticas, o alabanzas. La experiencia, pese a la dificultad entrañada, me ha resultado muy disfrutable, y sin duda me encantaría repetir. Gracias a esta primera experiencia, he roto el hielo. Veremos hacia dónde me lleva dicha rotura.

Muchísimas gracias a los que habéis participado, ojalá tuviera libros para todos, pero bueno quise reservarme al menos uno de los ejemplares autoriles para premiar (aunque fuese de manera simbólica) a mis lectores, los cuales, como bien menciono en los agradecimientos del libro, son en gran parte responsables de que el mismo haya podido existir. 

El libro se puede adquirir en la web de La Catarata pinchando aquí y en Amazon pinchando aquí. Bueno, y en algunas librerías selectas, ¡faltaría más!

Gracias a todos, y espero que disfrutéis del pequeñín. Ya me contaréis.


viernes, 20 de mayo de 2016

I Concurso Jindetrésico: "Esto no es una pipa"

Si has pinchado por lo del concurso.. sí, efectivamente, hay un concurso escondido en este post. Y viene con premio. Pero antes, un poco de contexto.



miércoles, 11 de mayo de 2016

Séptimo año de blog: hasta aquí hemos llegado.


Conduzco en soledad, a través de una carretera que se interna en las montañas. Me dirijo hacia Requena, para impartir una clase sobre enfermedades raras. Una clase especial: voy a hablar ante personas de entre 30 y 50 años, jubiladas en su mayor parte, que jamás han ido a la universidad. Repaso en mi mente el esquema de las tres horas de charla que me aguardan, sopesando por enésima vez la forma mas eficiente de comunicar qué es una enfermedad rara a una audiencia que probablemente jamás ha escuchado la palabra célula, alelo, o mioclonía. No es nada fácil, a priori; pero uno lleva ya unos cuantos años enfrentado a dilemas parecidos. Así que subo el volumen de la música, y dejo que los potentes acordes del último disco de Iron Maiden me envuelvan, confiando en que estaré preparado para el reto. A sus 36 años de carrera (los mismos que cumpliré yo de vida dentro de justo dos meses), la banda suena igual o mejor que el primer día. Y entonces, en mitad de uno de los múltiples cambios de ritmo de la canción, mientras los guitarristas enlazan solo tras solo... sufro una revelación. Estoy ilusionado. Ansioso por llegar y contar mi historia sobre asombrosos mundos diminutos, en los que los átomos se organizan de maneras increíble para lograr que un puñado de células se unan formando algo cuya complejidad excede con creces la suma de las partes que lo forman.

Si no se os ponen los pelos de punta con lo que sucede entre el minuto 9:07 y el 12:30, es que estáis más muertos por dentro que el Eddie de la portada del disco.

Pero claro; siempre cabe la posibilidad de que algo salga mal. Que me falle la inspiración; que subestime o sobreestime a mi público. Que la ciencia no sea tan interesante y asombrosa como creo. Que la gente haya acudido a pasar un rato y echar una cabezadita; que asistan esperando una clase magistral rebosante de erudición y datos complejos. Es un riesgo que siempre aguarda, agazapado en un rinconcito del encéfalo, dando codazos a la confianza que parece llevar las riendas en el asunto (recordad: es el temido síndrome del impostor, que también afecta a divulgadores). Así que llego al pueblo, me pierdo un par de veces - como suele ser mi costumbre - y aparco junto a la Asociación Cultural donde tienen lugar las clases del curso UniSocietat, una iniciativa organizada por la Universitat de València (que paga parte de mis habichuelas mensuales) y el ayuntamiento de varios pueblos interesados en dar a conocer la universidad, sus gentes y sus posibilidades, a personas cuyo arroz académico se considera generalmente pasado en nuestra sociedad. Es una motivación que me inspira, y como ya he dicho, un reto que asumí con gusto en cuanto se me propuso.

Saltamos unas cuantas horas. Regreso a casa con los Maiden de nuevo a tope... y mis temores completamente eliminados. He soltado mi rollo, he disfrutado haciéndolo, y lo más importante: la gente también. La respuesta ha sido inmejorable, gente haciendo preguntas, tomando notas, riéndose a carcajadas... la demostración pura y dura de que no se trata de que la ciencia mole más o menos, interese más o menos. Hay que acertar en cómo contarla, y cada público tiene sus claves. Ese día, yo acerté de pleno. Otros días no tanto. Pero si de verdad todo esto que llamamos "divulgación" debe ir más allá de una palabra que queda chula y que justifique unas cuantas horas de darle a la tecla... si de verdad tiene que servir para cambiar mínimamente la sociedad, su percepción de la ciencia y el interés por descubrir y aprender... entonces esto sí es divulgación. Mi público aprendió la problemática de las enfermedades raras, lo difícil que es investigarlas y lo necesario que es para curar otras enfermedades. No sabían lo duro y complejo que es investigar, y recibieron información de primera mano. Cambió su percepción. Tanto anotado.
¡Apúntense para el año que viene, profes y profas, estudiantes estudiantas e investigadores-oras! (http://somoscientificos.es/)

Esto fue en marzo. Empecé a escribir este post a los pocos días. Estamos en mayo, ha llegado el aniversario del blog y el post seguía sin publicar. La razón viene muy pareja: no he parado de divulgar de verdad. A la cara de la gente. De diferentes edades y condiciones. Desde una guardería hasta una clase de universitarios, a investigadores y pacientes de cáncer, a estudiantes de bachillerato. A este respecto, he participado en una de las mejores iniciativas de divulgación que jamás he conocido: se llamaba Somos científicos, ¡sácanos de aquí!, y con la excusa de una especie de concurso de popularidad de científicos, unos cuantos afortunados hemos chateado en directo, respondido preguntas, vacilado con nuestras fotos chulas de laboratorio y con nuestras ideas locas para contar la ciencia. Hemos cambiado en apenas dos semanas la percepción de muchos jóvenes confusos acerca de la ciencia, su alcance, sus limitaciones, las características de los que trabajan en ella día a día. Ha sido espectacular, instructivo, divertido e inspirador.

En medio de toda esa vorágine, he viajado cientos de kilómetros en un par de días para hablar de ciencia y ciencia ficción, y me he vestido de samurai para discutir sobre la supremacía  igualdad de los biólogos de bata frente a los de bota. Sin olvidar las clases, los experimentos, los exámenes, las colaboraciones con Principia (no os perdáis que la portada elegida para el último número a la venta, es la ilustración de ¡mi relato de ciencia ficción!) y la vida social y familiar. ¿Cómo voy a sacar tiempo para escribir en el blog?


Mis dos intervenciones en el magnífico y espectacular evento Desgranando Ciencia 3. Una de ellas más ridícula que la otra. Creo que está claro cuál.

Pues debo hacerlo. Porque todo lo que acabo de contar a grandes pinceladas ha surgido de estas páginas virtuales. Jamás lo planifiqué así, pero si estoy empezando a descubrir que mi auténtica vocación es dar charlas, clases, enseñar, compartir lo que he aprendido y hacerlo en forma de historias y narraciones cargadas de humor y espontaneidad... ha sido gracias a romper el hielo con este blog, este rinconcito de libertad absoluta, de búsqueda de un estilo, de un objetivo, de entrenamiento continuo. Han sido siete años de sorpresa, que han terminado conmigo dando los últimos retoques a la maqueta de un libro de divulgación que me ha encargado alguien que me conoció "por un blog muy gracioso". ¿Cómo no sacar unos minutos para escribir un post de cumpleblog agradeciendo a todos los que han contribuido a la cantidad de cosas que he contado, empezando por los que alguna vez han leído con cierto interés estas locuras jindetrésicas?

Haga tres meses, dos años o quince desde el post anterior, jamás consideraré que este blog está muerto, cerrado, o abandonado. Mientras me quede un mínimo de fuerzas para aporrear las teclas, pasaré por aquí, y soltaré alguna (absurda) reflexión como la presente.

Siete años, y hasta aquí hemos llegado; menudo recorrido. Para muchos puede no parecer gran cosa, pero para mí, sencillamente, me han dirigido hacia un lugar en el que me siento realizado, feliz y satisfecho. Y con muchas, muchas ganas de seguir disfrutando, aprendiendo, mejorando y buscando nuevos caminos. Nunca fue el blog más leído, más comentado ni más difundido; pero es mi rinconcito, con el permiso del compañero Banchsinger que me lo cuida y revive de cuando en cuando. Pero este blog me ha moldeado a mí mismo, tanto como yo a él. Si estás leyendo estas líneas, te doy las gracias. Y permíteme que te invite a exclamar conmigo:

Larga vida a ¡Jindetrés, sal!



miércoles, 27 de abril de 2016

Los Hijos del Protocolo y la Reproducibilidad Experimental

Al hacer ciencia todo debe quedar reflejado en el cuaderno de laboratorio. Al preparar una pócima (literal o metafóricamente hablando) debe quedar debidamente registrado cada ingrediente, su procedencia, el orden en que lo añades, el tiempo de cocción, la temperatura y las palabras mágicas exactas. La detallada receta, si funciona en su cometido, se convertirá en Protocolo y se erigirá inevitable y sagrada hoja de ruta que asegurará que tú u otra persona pueda repetir tamaño elixir (o resultado experimental) cuantas veces quiera en cualquier lugar y en cualquier momento… y serás feliz y comerás perdices… pero solo en teoría como si de un puñetero cuento se tratase. 


miércoles, 17 de febrero de 2016

Gracias, Rafa

Se cumplen hoy siete años desde que defendiese ante un tribunal de científicos el trabajo desarrollado durante los cinco primeros años de mi vida dedicados a la investigación en biología molecular. Son casi las once de la noche y pronto habrá terminado el día de mi cumpletesis, que siempre me ha gustado celebrar con alguna anécdota más o menos elaborada, aunque algunos años se me ha pasado. Esta vez casi ni me acuerdo, y cuando he caído en la fecha que era, he pensado rápidamente a ver si se me ocurría algo que comentar para escribir sin invertir demasiado tiempo (la vida blogueril se resiente mucho cuando al día siguiente tienes cuatro horas seguidas de clase). Y entonces he caído que hay una persona a la que pocas veces menciono, pero que si hablamos de la tesis y de todo lo que en ella me llevó a ser el científico que soy hoy (lo que quiera que eso signifique), es probablemente la que más debería destacar. Se trata de mi director de tesis, el que durante aquellos años fue para mí lo que Filemón para Mortadelo: "el jefe".


"...Bajé por una lámina beta nada más penetrar en la jungla y mis atónitos ojos percibieron algo brillando en la espesura: era un anillo de inositol fosforilado y, claro, encajaba en aquel rincón como anillo al dedo. Era un lugar agradable, íntimo, un entorno básico que hacía las delicias de los pequeños y refulgentes fosfatos de las posiciones tres y cuatro."

-  extracto de La mutación de las tinieblaspenúltimo delirio caníbal del microbiólogo José Conrado antes de descender para siempre a una revista científica de tercera

viernes, 22 de enero de 2016

Breve guía para solicitudes de ayudas a la investigación


Tras la reciente publicación de convocatorias de ayudas públicas para la contratación de personal y el desarrollo de proyectos de carácter científico como las Ramón y Cagal o Juan de la Vaca, y dado el aluvión de consultas recibidas en la redacción de este blog comprometido con el desarrollo, formación y consolidación de los investigadores científcios en nuestro país, hemos elaborado un breve glosario de términos para ayudar a los solicitantes en la ardua tarea de desentrañar los boletines oficiales del estado y completar los modelos curriculares para acceder a las tan ansiadas como escasas plazas que se ofertan.