viernes, 22 de enero de 2016

Breve guía para solicitudes de ayudas a la investigación


Tras la reciente publicación de convocatorias de ayudas públicas para la contratación de personal y el desarrollo de proyectos de carácter científico como las Ramón y Cagal o Juan de la Vaca, y dado el aluvión de consultas recibidas en la redacción de este blog comprometido con el desarrollo, formación y consolidación de los investigadores científcios en nuestro país, hemos elaborado un breve glosario de términos para ayudar a los solicitantes en la ardua tarea de desentrañar los boletines oficiales del estado y completar los modelos curriculares para acceder a las tan ansiadas como escasas plazas que se ofertan.

jueves, 31 de diciembre de 2015

El despertar de la Evolución

En la redacción de ¡Jindetrés, sal! estábamos bastante alicaídos tras enterarnos de que nuestro habitual colaborador Lujancio, uno de los creadores del sello Bala Films y director de los últimos cortometrajes darwínicos, no podría acudir a la cita de rodaje anual (es lo que tiene el exilio). Una lástima, puesto que ya teníamos un elaborado guión preparado, que tendrá que esperar su oportunidad. Pero afortunadamente, en el último minuto hemos recibido un video que va a salvar el fin de año: el mismísimo Charles Darwin, con la ayuda de otra colaboradora habitual, Consuela, ha realizado una breve pero intensa aparición para felicitar el año a nuestros lectores. Además centra su discurso en un tema de rabiosa actualidad, como se intuye ya desde el título.




Agradecimiento infinito a mi queridísima hermana por haber gastado parte de su precioso tiempo de vacaciones (sí, otra en el exilio, OH QUÉ CASUALIDAD DOS CIENTÍFICOS JÓVENES TRABAJANDO FUERA DE ESPAÑA) en hacer esta locura posible.

No voy a extenderme más; os dejo con unas instantáneas exclusivas donde el amigo Charles ha querido demostrar su pasión por la revista cultural revelación del año, Principia. Si queréis emular al científico más emblemático de todos los tiempos, y saber más de él y otros ilustres pensadores y experimentadores de la Historia, podéis comprar los dos números de Principia, el primero de Principia Kids y la baraja de cartas de los científicos aquí mismo.






FELIZ 2016, Y QUE LA EVOLUCIÓN OS ACOMPAÑE



lunes, 14 de diciembre de 2015

Cientificonfesiones (II): el científico que no era especialmente inteligente

Anterior entrega: La ciencia a veces me aburre

Hoy lo que pretendo es realizar una especie de confesión/alegato. Puede que no me deje a mí mismo en muy buen lugar, pero me parece que es muy necesario tirar de sinceridad y transparencia. El post se resume en la siguiente afirmación: los científicos no somos gente especialmente inteligente. Esto es básicamente lo que quiero enviar como mensaje a mis lectores (especialmente a los "acienciados", como uno de mis colegas y lector ocasional Perro malo se autodenomina). Pero claro, conviene matizar.

Rick and Morty es una serie tan GENIAL, que el científico protagonista es capaz de las más increíbles proezas intelectuales pero se deleita con entretenimientos tan mundanos como, por qué no decirlo, idiotas. 

domingo, 29 de noviembre de 2015

Cientificonfesiones (I): la ciencia a veces me aburre

Quisiera hacer una breve reflexión. Como ando escaso de tiempo, he decidido a partir de ahora dar al menos unas pinceladas sobre temas que en otra época hubiesen constituido elaboradísimos posts, de esos que todo el mundo se deja a medio leer. Y la reflexión de hoy surge a partir de conversaciones con otros amiguetes dedicados al sano arte de divulgar la ciencia, como hago yo en mis ratos libres. En realidad de estas conversaciones he llegado a extraer dos reflexiones distintas pero relacionadas, que espero tratar en sendos posts. Vamos allá con lo primero, que os adelanto en el título. Aunque antes de comenzar, para evitar herir susceptibilidades o lecturas demasiado profundas de todo lo que aquí expongo, adelanto que mayormente en este texto se utiliza la palabra "ciencia" en su acepción más cercana a "método científico" o más bien como equivalente a "trabajo científico".

Esta genialidad de tira resume perfectamente lo que intento transmitir con mi post. Vamos, que si vais mal de tiempo podéis leerla y seguir a lo vuestro. 

jueves, 22 de octubre de 2015

En el principio fue "Principia"... y luego llegó "Principia Kids"

Supongo que si sois seguidores del blog, y como tales, personas molonas en grado sumo, sabréis de sobra qué es Principia, puesto que hablamos de ello aquí y aquí. En estos momentos el proyecto está yendo viento en popa, ya existe un número impreso y hay otro en camino, y la web sigue publicando cada día artículos sensacionales ilustrados de forma colosal. Hasta aquí nada nuevo. Pero en el siguiente párrafo, sí.





Resulta que no contentos con romper el molde en cuanto a divulgación científica y cultural, en general, para el sector adulto, los artífices de Principia con el Todopoderoso Quique Royuela a la cabeza, han creado una edición dirigida exclusivamente al público infantil: Principia kids. El mismo espíritu, las mismas intenciones, el mismo rigor y cuidado en contenidos, formato y diseño... pero dirigido a los peques de la casa. Siendo un total convencido de que los esfuerzos divulgativos deben centrarse en gran medida en la juventud, no puedo sino aplaudir con brazos, pies y apéndices en general semejante propuesta. Ahora mismo esta iniciativa está recaudando la financiación necesaria para convertirse en realidad, pero, ¡oh sorpresa! Va tan rápido y de forma tan eficiente, que está superando las expectativas. No obstante, cuanto más se recaude, más productos relacionados podrán nacer para deleitar los paladares más exquisitos. Sin ir más lejos, ya se puede adquirir con una irrisoria contribución, una baraja de cartas ilustradas con científicos de todas las épocas: una pasada. Os enlazo la página de Verkami donde se puede hacer las contribuciones, pero es que además allí los jefazos explican con profuso detalle y el estilo que les caracteriza, los pormenores de la iniciativa y cualquier característica que os pueda interesar saber.



¿Qué más puedo deciros para convenceros? Bueno, solo apuntar que nos han concedido el honor una vez más, a servidor y a mi socio el infatigable ilustrador Gerardo Sanz, que colaboremos con un par de páginas con ese arte alucinante y alucinógeno huracanado de Gerardo que transforma en imágenes mis desvaríos científico-lúdicos y celulares.

Aquí os dejo, amigos. Espero que intrigados y deseosos de comprobar en vuestras propias carnes hasta dónde alcanza este proyecto, que apenas está despegando pero en el que, personalmente, tengo depositadas grandes esperanzas. Creo sin duda que lo que estamos haciendo en Principia es diferente, es bueno, es especial. Y no hace más que crecer. Si queréis ser también partícipes de ello, ya sabéis: reservad vuestros ejemplares cuanto antes. 

Y si queréis ayudar más aún (¡si es que sois insaciables!), podéis votar la web de Principia en los premios Bitácoras, como mejor blog de arte y cultura, en este enlace.

Jamás un nombre había sido tan acertado: estamos ante el principio de algo grande. 

lunes, 12 de octubre de 2015

La paciencia es la madre de la ciencia

--> Esta frase con rima es, con toda probabilidad, la que más se ha repetido en mi cabeza mientras trabajo desde que empecé mi doctorado hace muchos muchos años. No porque la haya puesto en práctica a menudo, sino por todo lo contrario. Todas las veces que la impaciencia, la prisa o la euforia han mandado por la barranquilla el experimento del momento; o cuando el protocolo manda esperar más de lo que mis nerviosos nervios pueden aguantar, he recordado a mi abuela mientras me la decía cuando siendo crío me intentaba enseñar ganchillo o evitaba que yo, azada en mano, me cargarse toda la cosecha de patatas.


Esta es una de esas sabias sentencias populares válidas para casi cualquier actividad humana, como la de “el que mucho corre pronto para” o la de “las prisas son malas consejeras”, cuyo verdadero alcance y rango de aplicación solo se llegan a comprender años después de haberlas oído por vez primera. Pero además, esta sentencia tiene algo especial para mi tanto por quien me la enseñó (persona que conoce mucho las labores de tierra y pocos los libros, aunque sabe leer, escribir y bastante de cuentas), como por el significado dentro de los mecanismos en la base de las ciencias experimentales.

Si amigos, la paciencia es clave pa(rala)ciencia. Tan importante como una madre para sus hijos o para las manos del artesano. La paciencia en ciencia es esfuerzo, lentitud, espera, repetición, aburrimiento y desesperación pero también es estudio, pensamiento, raciocinio, meditación, cautela y precisión. Eso y más, de lo guay y de lo menos guay, todo junto casi inseparable. Diametralmente opuesto a lo que, muy de refilón, se muestra en CSI y demás series guayonas donde la “ciencia” aparece como cosa de listos listísimos, que usando aparatos aparatísimos, resuelven cualquier misterio en un periquete.

En la ciencia real hasta el más listo necesita paciencia. Los que intentamos divulgar la ciencia solemos decir que la ciencia es divertida. Lo es, por eso estamos aquí. Sin embargo, desde mi punto de vista, esta diversión es una percepción global acerca de la ciencia. Preguntarse las preguntas adecuadas, indagar en su respuesta y encontrar la solución un problema suele percibirse como algo divertido, casi detectivesco. Hemos pasado de percibir las ciencias naturales como una cosa aburrida, de los tiempos de la EGB y documentales de La 2 de RTVE, a percibir como algo que puede llegar a ser extremadamente divertido, en programaciones de TV recientes (en Órbita Laika, por ejemplo). Y por el camino nos hemos olvidado de contar lo que en realidad la ciencia entraña. Se nos ha llenado la boca de contar (aburrida o divertidamente) los experimentos exitosos que han llevado a descubrimientos increíbles. No obstante, se nos ha olvidado mencionar que muchos otros experimentos han sido un fracaso y que además, en cualquier caso, la mayoría de ellos, exitosos o no, han exigido paciencia infinita.

Paciencia infinita, primero para desarrollar un protocolo experimental, lo que puede llevar años. Paciencia después, para ejecutar ese protocolo de manera que responda tus preguntas, que puede llevar semanas o meses, porque además cada paso lleva su tiempo. Paciencia para más tarde ejecutarlo tantas veces, más de tres como mínimo, como sea necesario para estar seguro del resultado (no sea que una de las veces te haya salido de chiripa). Y luego ya, para buscar y realizar otro protocolo experimental alternativo que apoye que has encontrado con primero, si es que has encontrado algo. Y si no, vuelta a empezar, sin nada, con las manos vacías. Bueno no, con las manos vacías no, por lo menos ahora sabrás por donde no tienes que volver a poner los pies. Y así siempre, paciencia infinita.

En los tiempos de la inmediatez y el termociclador que nos ha tocado vivir, parece que la paciencia no tiene cabida porque la tecnología se la come con fuerza bruta. Pero no, la paciencia sigue en la base de la ciencia pero escalada hacia arriba. Por ejemplo, hace 30 años amplificar y clonar un solo gen era objetivo y tema de tesis doctoral de varios años. Las PCRs (Reaciones en cadena de la polimerasa) para amplificar un gen se hacían a mano, pasando los botes entre baños de agua caliente o fría tantas veces como fuese necesario. Días enteros para hacer algo que hoy un termociclador hace en tres horas apretando un botón. Sin embargo, hoy eso de clonar un gen ha pasado a ser una simple frase en un esquema experimental (todo el mundo sabe cómo se hace) y el tema de la tesis puede ser clonar 100 genes y expresar sus proteínas en un organismo diferente, para luego purificarlas y generar cristales para conocer su estructura. Paciencia infinita. Porque clonar mil genes no es moco de pavo ni aun hoy, pero expresarlos exitosamente puede ser un infierno, y ya no os cuento la broma de generar cristales para todas ellas... y que luego además los cristales sean buenos.

En fin, que eso, que la ciencia es bonita y hasta divertida, pero detrás del brillo (más o menos brillante) de sus descubrimientos y procedimientos, está hecha de paciencia. Paciencia de artesano, paciencia de paciente, paciencia de pescador, paciencia de padre y madre, paciencia de buen maestro. Esa paciencia desde fuera, una vez alcanzado el objetivo perseguido, pasa desapercibida como los cimientos del magnífico edificio. Va siendo hora de que quede claro de que las virtudes que percibimos de la ciencia se pagan con tiempo y esfuerzo (a muchos niveles), que no es otra cosa que paciencia. Esto lo resume casi perfectamente una frase de Pablo Sarasate:

" He practicado catorce horas diarias durante treinta y siete años, ¡y ahora me llaman genio!”

Esa es la reflexión que quería hacer aquí hoy mientras espero enervao entre toma de imágenes y toma de imágenes a los mandos de un avanzadísimo y a la vez lentísimo microscopio confocal de barrido.

martes, 15 de septiembre de 2015

Vuelta al cole... desde el otro lado

Durante los últimos meses pre-vacaciones, mi mundo laboral sufrió un giro repentino (aunque anticipado) que me ha mantenido más alejado de lo que me hubiera gustado de este querido rinconcito de internet donde comparto mis historias con el resto del mundo (los cuatro gatos que me leéis). Como suele suceder en estos casos, este giro, que no es otro que haberme convertido en profesor (de tardes; de días sigo como investigador infatigable contra viento, marea, recortes y burócratas), me ha ido proporcionando aún más anécdotas y material jugoso que podría haber supuesto numerosos posts, paradójica y frustrantemente (creo que este adverbio no existe; pero voy a dejarlo, que estoy un poco harto de escribir de forma escrupulosamente correcta; ya os contaré, ya...); así que no he querido demorarlo más, y con la vuelta al curso que ha tenido lugar hoy (sí, me han vuelto a contratar para este curso que empieza; soy un genio engañando a mis superiores) me he decidido a escribir por fin un mini-post para romper el hielo. Porque hay muchas, muchísimas cosas que me ha apetecido escribir durante estos frenéticos meses: reflexiones sobre la docencia en general, el funcionamiento de las universidades privadas frente a las públicas, ejemplos de exámenes y ejercicios molones... pero entre todas estas historias que podría contar, una y otra vez me he dado cuenta de que hay algo que amalgama todo y sin lo cual no habría interés alguno en realizar este trabajo, ni mucho menos contarlo. Va a parecer muy obvio, pero creo que no está de más decirlo bien claro. Lo más alucinante de todo, y lo que ha hecho que vuelva con ganas a retomar este frenesí de vida... son los alumnos.

Así les he dado la bienvenida al curso de Biología Celular y Genética Humana. Mejor que quede claro cuanto antes con quién se enfrentan.

Veréis, he estado dando clase en una universidad privada. Es decir, mayormente, lo primero que se piensa de estos chicos es que son unos "niños de papá". Además, me he encargado del grupo de internacional, es decir, que son chavales que vienen de otros países. Por lo tanto, más malcriados aún, podría pensarse. Y todos sabemos que los jóvenes (encima de primer curso, para más cachondeo) son cada vez más descerebrados, más enganchados a lo fugaz, menos capaces de sacrificarse, y blablabla. Yo iba un poco acongojado por todo esto, y cuál fue mi sorpresa cuando día a día, aquella marabunta de casi 50 jóvenes y jóvenas (sí, encima 50; menudo bautismo de fuego como profesor novato) me fueron sorprendiendo con su interés, su respeto hacia el profesor, su preocupación por las notas... obviamente no todos; y algunos jetas he tenido, para darles de comer aparte. Pero haciendo balance, la experiencia ha sido fantástica. El hecho de tener a gente de tantas nacionalidades distintas, algunos de culturas muy diferentes, ha sido enriquecedor y divertido. Claro que han sido muy patanes para la mayoría de cosas... pero a mi me gusta quedarme con las notas de optimismo (mi colega @eulez dice de mí que soy un tipo muy positivo, al final tendrá algo de razón...), que consisten en ese puñado de chavales y chavalas que me han hecho las clases fáciles, que han aprendido de verdad, que me han preguntado y se han interesado por mi trabajo como investigador, que se han reído conmigo pero me han respetado cuando he puesto orden en clase... pero la prueba de que realmente tanto ellos como yo hemos ganado algo especial, la he tenido precisamente entre ayer y hoy, los dos días que he estado volviendo a la universidad y preparando la vuelta al cole. En varias ocasiones me he topado con algunos de mis antiguos alumnos, y en todas ellas la reacción ha sido la misma: se han parado a saludarme, algunos me han preguntado por el verano, otros que qué voy a dar este año, muchos se han defraudado de que no les fuese a dar clase en segundo... incluso alguno al que suspendí sin clemencia pero finalmente aprobó (precisamente recuerdo que le di un buen sermón durante la revisión que espero contribuyese al aprobado final). En general me he sentido querido, y si bien no voy a ser tan ingenuo como para creer que el hecho de que les haya caído bien o se hayan divertido en mis clases tenga que correlacionar de forma causal con un aprendizaje adecuado o un futuro intachable, no puedo dejar de pensar una cosa: que es imposible aprender y mejorar, si uno no se divierte con lo que hace, si no disfruta de algún modo. Tener un profesor con el que te sientes contento de toparte por la calle, creo que no puede significar más que algo bueno. Si me leen profesores más veteranos tal vez me digan que eso es fruto de ser el primer año, o que no significa nada, o que soy un ingenuo y un feliz de la vida; pero yo he aprovechado este tirón de buen rollo para empezar el curso con alegría, para presentarme ante mi nueva clase con renovadas energías. Veremos cómo transcurre el nuevo curso, pero tengo bien claro que voy a intentar disfrutarlo y que lo disfruten.

No puedo terminar este post sin rememorar algunos momentos curiosos del curso pasado, muy resumidos, telegráficamente: 

- Las prácticas de laboratorio comentando series, a raíz de una mosca que entró y alguien exclamó "Hey, it's like Breaking bad!"

- Los exámenes con preguntas frikis, y las aún más frikis respuestas (incluso dibujos) de la muchachada.



Esto es lo que te encuentras en el margen de los exámenes cuando preguntas sobre catecolaminas con un ejemplo de Frodo Bolsón encontrándose a un Nazgûl, o sobre el metabolismo de Peter Parker a la vuelta de luchar con supervillanos (reproducido con permiso de los autores).

- Aprenderme los 50 nombres y sus correspondientes caras, algunos rarísimos (los nombres, digo), con mención especial por haber conseguido distinguir por nombre y apellidos a las cuatro chicas musulmanas que sólo mostraban el rostro (encima eran primas, ¡parecidísimas!) y a los dos gemelos (el cambio de peinado de uno a mitad de curso ayudó; pero a pesar de eso otros profesores no los distinguían).

- Conseguir que uno de los gemelos (el más bandarra) escribiese el último examen con mejor letra que los anteriores (escritos en caracteres cirílicos, a mi entender). Fun fact: olvidó poner el nombre.

- Comentar lo increíble que era Mad Max: Fury Road con un alumno... mientras íbamos de camino a revisar su examen (suspendido, claro).


Y finalmente, la inmensa satisfacción de haber dado un voto de confianza a un par de alumnos en los que noté un potencial desaprovechado, y que me demostraron por otros medios distintos a la tradicional forma de exámenes escritos, que merecían aprobar el curso puesto que su fuerte eran otras formas de trabajar. Si de verdad hay que ir cambiando las formas tradicionales de enseñar y evaluar, como nos dicen hasta la saciedad, habrá que dar oportunidades, y habrá que tener en cuenta las particularidades de la personalidad, los puntos flacos y fuertes, de cada alumno. Es difícil, y yo solo estoy aprendiendo; pero creo que sentir empatía y facilitar la confianza, puede ser una buena vía. Si alguno intenta aprovecharse de ello, estaré atento para dejarle las cosas claras. 

El año que viene, por estas fechas, os contaré si sigo pensando igual. Tal vez escriba un post de rectificación, puesto que debo haber tenido mucha suerte con mi primera clase. Pero me alegro de haber escrito esto, para nunca, nunca olvidar lo grande que puede ser la experiencia de enseñar, y todo lo que uno mismo puede aprender.

Seguiremos informando.






jueves, 30 de julio de 2015

Ayudas Ramón y Cagal: evaluación del candidato



jueves, 9 de julio de 2015

Soñando con Plutón

Cuando era joven (más aún, quiero decir), leí un relato de Howard Phillips Lovecraft en el que el protagonista interactuaba con unos seres venidos de otro mundo, del que decían se hallaba situado más allá de Neptuno. Como en toda obra de Lovecraft, el pobre hombre se pasa medio libro dudando entre si los acontecimientos que vive transcurren en la realidad o en un mundo de pesadilla, cuestionando tan absurdo concepto puesto que todo el mundo sabía que el sistema solar solo tiene ocho planetas, siendo Neptuno el más lejano. Hasta que, ¡oh sorpresa! De repente los periódicos saltan con la noticia de que los científicos acaban de descubrir un noveno planeta, al que denominan con el ominoso nombre de Plutón.



Recreación de los extraterrestres imaginados por H. P. Lovecraft en su mundo (fuente)

lunes, 6 de julio de 2015

Irse fuera

Mientras escribo estas líneas, el compañero y amigo Santi se encuentra allende los mares, experimentando en sus propias y magras carnes las grandezas de la movilidad exterior. Pero tranquilos, no temáis ni os acongojéis, puesto que su caso no es un exilio forzado ni una emigración impuesta; el chico se encuentra haciendo lo que en el mundillo investigador se viene a denominar una estancia, es decir, pirarte unos meses a otro país para incorporarte temporalmente a un grupo de investigación en pos de aprender una técnica que no puedes hacer en el tuyo, o completar un trabajo que requiere alguna maquinaria o persona que no puede transportarse a través de un cable de fibra óptica. Dado que el lugar escogido, aconsejado por mi maquinadora mente, ha sido el mismo al que yo hace ya la friolera de diez añazos también acudí con las mismas intenciones, se han despertado en mí una serie de memorias y sensaciones que me han hecho reflexionar sobre las bondades de viajar al extranjero. Y como en este santo blog hemos sido bastante críticos con la idea del exilio obligado y el postdoc en el extranjero como requisito sine qua non para desarrollar una carrera científica digna y de relevancia, quiero aprovechar para dar hoy una visión de la otra cara de la moneda, loando las virtudes de visitar tierras bárbaras y animando a los jóvenes y jóvenas que lean estas líneas a lanzarse a la aventura. Eso sí, con cabeza. Y cuerpo, ya puestos.

Goscinny y Uderzo fueron visionarios en el tema de la movilidad exterior (modificado a partir de aquí)

Viajar mola. Y visitar otros laboratorios/grupos de investigación, más o menos cercanos, es algo que siempre suma y nunca resta. Vaya esto por delante. Para mí fue una de las experiencias más alucinantes de la tesis, llegar a Manchester, Reino Unido, y por mucho que me hubiesen dicho que era una ciudad fea, y que en Inglaterra siempre llueve y todo eso y lo de más allá, el pasar de la noche a la mañana a convivir con gente distinta, aprender de una vez por todas a manejarme en inglés (por muchas clases, academias y visitas previas a las islas que ya hubiese realizado), encontrarme con una diversidad de culturas, razas y nacionalidades en una universidad auténticamente internacional, integrarme en un grupo donde se trabajaba con técnicas diferentes a las que yo estaba acostumbrado, enfrentarme a burócratas y normativas aún más draconianas que las que dejé atrás en mi país natal (increíble pero cierto)... todo ello contribuyó a la forja de mi actual carácter y me dotó de experiencias muy valiosas para mi futura carrera y para la vida en general. Y eso que estoy hablando de apenas tres meses (aunque aún visité más veces el lugar para terminar algunas cosas pendientes).
Además, este periodo tiene una ventaja adicional: sirve como entrenamiento, para saber hasta qué punto a uno le gustaría o no hacer una estancia postdoctoral en el extranjero. Algo que antes era casi obligatorio, ahora se puede elegir (máomeno), y aunque sigue condicionando demasiado el futuro investigador (yo lo sufro en mis propias carnes), lo  que nadie se atreve a decir claramente es que no todo el mundo está preparado para vivir en el extranjero. Hay quien no es capaz de ser feliz sin visitar a sus padres una vez por semana, y  quien entra en depresión si no come al menos una vez al mes una paella de su abuela. Esto normalmente se esgrime como características peyorativas, debilidades del carácter que le merman a uno valor como profesional. Pero para mi, que alguien sea feliz cuando realiza su trabajo es bastante importante. Y en un mundo como el actual, globalizado y comunicado hasta la náusea, es ridículo pretender que para avanzar en cualquier proyecto sea imprescindible viajar fuera. ¿Recomendable? Por supuesto, siempre. Y por eso quiero animar a la gente a que se marche, a que se curta el lomo, a que disfrute una experiencia maravillosa y enriquecedora como pocas. Este es un mensaje para motivar a los que empiezan, pero para pedirles que sean consecuentes y tengan cabeza, que no perpetúen el estereotipo de que el que se queda es por ser un paleto provinciano sin ambiciones, o al menos que si lo hacen, sea porque lo han experimentado antes y piensan que es así realmente.


Desarrollar parte de la tesis doctoral en otro grupo es muy beneficioso, y en mi opinión hacerlo en este tramo de la carrera investigadora es cuando más beneficios aporta. Y una de las razones para afirmar esto, es que durante ese periodo eres, entre otras cosas, MÁS JOVEN. Sin ataduras, sin familia, y capaz de separarte de tu pareja sin que sea un dramón, normalmente. Con una fecha de vuelta, y un trabajo por terminar esperándote. Así da gusto viajar. Yo no he vivido la experiencia de pasar varios años en el extranjero, y estoy seguro de que me hubiera encantado; pero ha sido una elección personal, basada en múltiples factores. Así que no me gustaría que se usase mi ejemplo para ni siquiera probarlo, que nadie diga "pues el Dr. Litos no se fue al extranjero y míralo qué bien publica y cómo da clases". Primero, porque siendo sinceros el no haberme ido es una losa que arrastro y que me impide acceder a muchas posibilidades laborales, por increíble que parezca hoy día y por bien que yo considere que estoy desarrollando mi carrera, en términos generales (oficialmente y según los cánones de la excelencia, está bien claro que no es así). Y segundo, porque las circunstancias de cada cual son personales e intransferibles, y en este tipo de decisiones hay un gran componente sentimental que se tiene que valorar de manera subjetiva e individual. Por eso no se puede ni generalizar diciendo que es imprescindible irse fuera, ni rechazar la opción de plano asumiendo que hoy día no aporta nada. Claro que aporta. Claro que debéis probarlo. Desde aquí os animo a hacerlo, y a compartirlo, pero si con unos meses o un añito ya os vale y no os veis capaces de repetir la experiencia más adelante, o vuestra pareja no le da la gana de seguir vuestros pasos nómadas... no sufráis. Haced el esfuerzo como otros hicimos antes, de predicar con el ejemplo, y desarrollad el trabajo más esforzado y relevante que podáis en vuestro país. Y si lo hacéis habiendo probado la experiencia, vuestra decisión siempre tendrá más valor. La verdad es que si yo me basase en mi caso personal, no podría sino recomendar la experiencia: aprendí mucho, conocí gente majísima (hice buenísimos amigos de distintas nacionalidades, cosa que me ha ayudado a mejorar mucho mi inglés escrito por seguir manteniendo el contacto), le di a mi tesis el empujón que necesitaba, y en fin, me divertí cosa mala. No se puede obviar el factor suerte y el caer junto a jefes molones y respetuosos con los guiris, pero bueno, en cualquier caso el vivir fuera una temporadita también ayuda tanto a valorar lo que dejas atrás, como a saber si podrías ser más feliz fuera de tu casa.

El amigo Santi ha aterrizado en la pérfida Albión y se ha topado con un mundo hostil, un grupo de bioinformáticos encerrados en sus propias pantallas y un trabajo de laboratorio que le resulta ajeno y agreste. Pero estoy seguro de que, extrovertido como es, y ávido de aprender y vivir experiencias, pronto se hará con el control de la situación y agradecerá haber tomado la decisión de lanzarse a la aventura. O tal vez no, y se vuelva arrepentido y seguro de que nunca va a querer juntarse de nuevo con angloparlantes antisociales. En tal caso, y aun después de haber recibido la paliza correspondiente por haberle metido en semejante fregado, no podrá negar que realizar una estancia en un grupo dirigido por un tipo llamado Magnus (de nombre, ojo, en serio) es una experiencia única e intransferible, digna de ser contada a los nietos.


El nuevo jefe de Santi; arriba, aleccionando a sus becarios en una reunión de grupo (imagen) y abajo, respondiendo a los revisores en una de sus publicaciones recientes (imagen)



Pues esto es todo cuanto tenía que decir respecto a las estancias en el extranjero, pero por supuesto podría escribirse mucho más al respecto. Es algo que siempre se ha asociado al buen desarrollo del trabajo científico, con lo que estoy parcialmente de acuerdo, aunque en la actualidad se podría debatir muy mucho cuáles son los beneficios auténticos. Está claro que los amiguetes que han hecho su postdoc en países más civilizados y avanzados que el nuestro, o les ha ido mejor en sus carreras, o al menos han vivido (o están viviendo) una verdadera revolución a nivel laboral. Se puede hacer buena ciencia por aquí cerca, pero cuesta mucho y en muchos casos uno se queda con la sensación de que no da para más.

 Así que, para decirlo en lenguaje popular y con el que todo el mundo pueda identificarse: si amáis la ciencia... ¡irse fuera!