viernes, 17 de febrero de 2017

Haz una tesis (agridulce celebración de cumpletesis)

Hoy se cumplen 8 años desde que defendí mi tesis doctoral. Casi todos los años encuentro alguna razón para conmemorar este acontecimiento, y me resulta bastante fácil decidir cómo enfocar el post de celebración. Para mi, la época de la tesis fue tan satisfactoria y llena de cosas buenas, que podría seguir llenando posts, aniversario tras aniversario. Para este año había pensado, sencillamente, hacer un llamamiento al placer de hacer una tesis doctoral no por razones estrictamente profesionales (es decir, como paso imprescindible para trabajar en investigación, o para adquirir una titulación que abra otro tipo de puertas laborales), sino intelectuales. Por el placer que supone estudiar un tema, el que sea, por el mero hecho de desentrañar sus misterios. Por la satisfacción de crear un trabajo original, de desengranar los entresijos de un tema específico, de forma que nadie haya hecho antes. Por el aprendizaje que supone utilizar las experiencias, observaciones, y lecturas y con ellos confeccionar un puzzle con sentido, que ilustra mecanismos, fenómenos, acontecimientos y aportan un granito de arena a la playa del conocimiento humano. Hacer de dicha playa un auténtico bastión, capaz de resistir el embate de las olas con el tiempo, convirtiéndose en una imponente montaña que sobresalga y se cierna ante el mar de la ignorancia y lo desconocido, es algo que solo se consigue estudiando y analizando todo lo que nos rodea y nos antecede. Biomedicina, física, historia, filosofía, arte, tecnología, matemáticas... no voy a enumerar todas las disciplinas del saber pero lo que quiero resaltar es que cultivar todas ellas es crítico para que avancemos como sociedad. Como especie. Como grupo de individuos que se preocupan de seguir mejorando sus condiciones de vida y las de los que vendrán después.  

Por si todo esto no fuera poco, a nivel personal, y si uno tiene suerte (o se la sabe buscar, que la suerte también hay que trabajarla un poco), la tesis se convierte en un periodo de aprendizaje y formación, sí, pero a muchos niveles. Amistades, experiencias, viajes, superación de obstáculos, organización del trabajo, cooperación y esfuerzo colectivo, comunicación de ideas... como digo, podría escribir páginas y páginas sobre todo lo que la tesis me enseñó y los placeres que me proporcionó. Junto con muchos disgustos, esfuerzos, y malos ratos, cómo no. Pero mi balance global siempre es bueno. Lo cual no significa que lo sea para todos: pero una vez pasado el trance, pocos serán los que se arrepientan de haberse metido en semejante berenjenal. Y de hecho, es una gran lástima la cantidad de gente que termina por dejarse la tesis, o que la recuerda con amargura, a menudo por culpa de jefes incompetentes, o ambientes de trabajo nocivos que mancillan lo que debería ser una experiencia dura, pero gratificante.

Y aquí es donde entra la nota amarga en el cumpletesis de hoy. Porque mi intención, como digo, era alabar las grandezas de la tesis doctoral, y animar a los jóvenes a decidirse por este camino, desoyendo las voces pesimistas y extremadamente utilitaristas que denostan todo aquello que no suponga un gran reembolso económico, una practicidad inmediata, una renta automática del esfuerzo. Pero antes de terminar siquiera de escribir estas líneas, me encontré, ayer mismo, con esta noticia:


Y qué queréis que os diga. Que casi ni me sobresalto cuando leo esto. Que ya llevo años constatando que la impresión que tuve durante mi propia tesis, esa sensación optimista de que todo iba poco a poco a mejor, se ha ido desvaneciendo paulatinamente. Formé parte de esa generación de doctorandos que veía con alegría cómo su beca se convertía en contrato, cómo empezaba a cotizar a la seguridad social, cómo podía empezar a pensar que realmente la etapa "de formación" se iba convirtiendo paulatinamente en una auténtica carrera profesional. Lamentablemente, todo esto se esfumó con la crisis, y la realidad muestra que tal vez siempre fuese un espejismo. A nuestro país no le interesa la ciencia, ni quienes la hacen. Aunque el doctorando sea un trabajador a todos los efectos, con sus riesgos laborales, sus horarios intempestivos, su productividad incesante y continuamente evaluada, por mucho que se encuentre en el proceso de obtener otro grado académico (el más alto al que se puede aspirar, por cierto), será siempre visto como un eterno estudiante, un currante vocacional, no muy diferente de los artistas y "titiriteros" que pretenden osadamente vivir "del cuento" de crear cultura y ocio para el resto de sus congéneres. 

Así, la universidades se llenan de docentes desmotivados a los que no interesa enseñar, sino poder seguir trabajando en ciencia aunque sea a ratitos cortos; los centros de investigación que podrían ser punteros, se vacían; y los que de verdad quieren marcar la diferencia, deben viajar a otros lugares.
Es triste para un defensor a ultranza de la ciencia en España y de la necesidad de crear precedentes en nuestro país, tener que rendirse a la evidencia. Hacer una tesis doctoral es una experiencia magnífica, necesaria, útil para el individuo y para la sociedad. Animo a cualquiera a que la haga. Pero debe saber que en el panorama actual, solo existen unas pocas opciones para lanzarse a semejante empresa.

La primera, es elegir un grupo de investigación en otro país y pensar en desarrollar en el extranjero una productiva carrera investigadora.

La segunda, es quedarse y asumir las precarias condiciones laborales, vivir cada año con el corazón en un puño, y aspirar como mucho a poder jubilarse dignamente antes de los 80 años.

Pero me gustaría terminar hablando de una tercera opción. Una que implica luchar. Dar un golpe en la mesa y gritarle a los que toman las decisiones que ya está bien. Personalmente, llevo muchos años luchando de este modo. Y no ayuda mucho ver que lo que tantos otros antes que nosotros consiguieron, a base de este tipo de luchas, se pierde como lágrimas en la lluvia con tanta facilidad. Puede que este sea un aniversario agridulce, pero no quiero seguir ahondando en el pesimismo. Yo voy a seguir luchando, si no por mí, por aquellos que finalmente se decidan por seguir este camino.

Aunque entenderé, mal que me pese, que tarde o temprano no quede nadie a quien animar.



sábado, 11 de febrero de 2017

Día de la mujer en Ciencia: superheroínas diarias

Hoy, 11 de febrero, se celebra el día internacional de la mujer y la niña en la ciencia. Llevo varios días intentando pensar cómo añadir mi granito de arena a esta celebración, puesto que no es nada fácil. Durante mis estudios universitarios, y cada día desde el primero hasta hoy mismo en mi vida profesional, he estado rodeado de un gran número de mujeres. Muchas, muchísimas. Durante los congresos, reuniones, y visitas a otros centros, he conocido científicas increíbles, jefas de grupo ejemplares. Investigadoras admirables e inspiradoras. Personalmente, nunca le he prestado atención al hecho de que fuesen hombres o mujeres: para mí todas han sido compañeras, jefas, colaboradoras o profesoras, sin más. Pero el hecho de que exista este día de celebración es muestra más que suficiente de que NO están al mismo nivel. No se las considera igual, no tienen las mismas facilidades. No hay apenas mujeres galardonadas con un premio Nobel, no hay ni de lejos tantas jefas como jefes, los altos cargos y puestos de mayor responsabilidad en sociedades científicas e instituciones siguen mayoritariamente ocupados por hombres. A las mujeres, en muchos campos de la ciencia, se las considera intrusas, o infiltradas peor preparadas que cualquier hombre. En campos como la física o la informática, según tengo entendido, los números son mucho más preocupantes que en las ciencias biológicas. 

Como digo, nunca he diferenciado entre sexos ni durante mis estudios ni durante mi trabajo. Pero está claro que hay que hacerlo. Y hoy toca levantarse y aplaudir a todas esas mujeres que, aunque no lo sepamos, están teniendo que trabajar más duro que nosotros para conseguir lo mismo, en todos los estratos de la sociedad, siendo la ciencia uno de tantos. Queda aquí pues, mi homenaje a todas las compañeras que he conocido a lo largo de mis trece años en el mundo de la investigación científica. Es más que probable que me haya dejado a alguna, pero como digo han sido muchas, y eso que solo incluyo a las compañeras de laboratorio; espero que si hay alguna ausencia, no se tome a mal. Ahí van: 

Amparo, Anabel, Isabel, Céline, Rocío, Elena, Judit, Natalia, Caroline, Laura, María, Humera, Nicki, Inma, Luisa, Tere, Leda, MC, Ada, Sofía, Carla, Carmen, Rosa, Ana, Isa, Marta, Alba, Jennie, Ester, Ana, Clara, Daymé, Carla, Eva, Pili, Diana, Giselle, Carmen, Laura.

No voy a decir nada más, porque algo que he aprendido durante estos últimos años es que si no hay más mujeres donde debería haberlas, es entre otras cosas porque hay hombres ocupando su lugar. Inconscientemente, a veces contribuimos a esa nula visibilidad de las mujeres porque a lo mejor estamos formando parte del muro que las oculta. Pues bien, por mi parte hoy ya me aparto, y termino rescatando un personaje que empecé a diseñar hace años y nunca llegó a salir a la luz. Con todos ustedes... PETRI WOMAN


Está claro por qué nunca llegó a ver la luz; con razón terminé buscándome un socio que supiese dibujar...

Petri Woman iba a ser una superheroína del universo Bataman que le ayudaría a luchar contra los recortes en ciencia; pero visto en el contexto actual, tal vez encajaría mejor con una científica hasta de techos de cristal e injusticias de índole sexista. 

Teniendo en cuenta cómo está el mundo, un par de Petri Women no nos vendrían nada mal. Mientras tanto, no es poca suerte trabajar en un campo con tantas y tan buenas profesionales. Superheroínas diarias.


Para estar al día de las celebraciones, podéis seguir en twitter los hashtags #diamujeryciencia #Científicas11F y la cuenta @11febreroES




sábado, 7 de enero de 2017

Una Guinness significativamente deliciosa

Hay un par de razones por las que los resultados científicos constituyen una muy buena aproximación a lo que nos gusta entender como "la verdad". Una de ellas es que las observaciones y los datos obtenidos experimentalmente se ven sujetos a escrupulosos análisis matemáticos, que no entienden de sesgos y manías de esos que a los humanos nos impiden ser objetivos. Gracias a esto, que llamamos "estadística" y que en su día os comenté aquí, podemos afirmar con mayor o menor rotundidad que los efectos que vemos son realmente una diferencia a tener en cuenta y no fruto del azar. En nuestra jerga de frikis científicos, llamamos a los resultados válidos en este sentido "estadísticamente significativos". La otra razón de peso para que estos resultados, además de ser matemáticamente correctos, pasen a formar parte de explicaciones válidas para el objeto/fenómeno que pretenden describir, es lo que se conoce como "revisión por pares". Esto consiste en que cuando consideras que has hecho un hallazgo relevante, y envías tu trabajo a una revista para darlo a conocer al resto de la comunidad científica (y al resto del mundo, en teoría), este es reenviado a otros científicos de tu misma calaña, que idealmente no tienen ningún interés especial en que tu trabajo se publique o no. Y estos se dedican a corregirlo con saña, como si les fuera la vida en ello. La Verdad está en juego, amigos, parecen pensar. Así que, cuando un artículo llega a publicarse, se supone - si todo sale según lo previsto - que una serie de personas formadas, expertas en el tema, y sin ningún interés personal, ha evaluado que la metodología es adecuada, que las observaciones son tan interesantes y certeras como se propone, y que no ha habido alguien antes que haya demostrado lo mismo, o lo contrario. Todo esto muy simplificado, obviamente. Es un sistema que en un mundo utópico plagado de arcoiris y unicornios sería infalible para distinguir "el grano de la paja", el fraude de la autenticidad, y garantizar una ciencia pura, objetiva y metodológicamente impecable. En este mundo moderno donde publicar resultados constituye una finalidad en sí misma, de la que dependen nuestras habichuelas diarias, nuestra valoración y nuestra promoción laboral, donde las revistas luchan por publicar más artículos y más relevantes que sus competidores, donde se paga por publicar y por leer, todo se ha prostituido un poco y a veces es MUY difícil seguir haciendo Buena Ciencia. Pero a pesar de los pesares, la revisión por pares sigue siendo la mejor baza para fiarnos de lo que descubrimos. Y de lo que leemos por ahí.



De verdad que en el post se habla de cerveza, tened paciencia (fuente)

sábado, 31 de diciembre de 2016

La carta de Darwin

Para despedir el 2016, os traemos un documento recientemente desclasificado y enviado de forma anónima a la redacción de ¡Jindetrés, sal!. Se trata de un nuevo documento histórico de valor incalculable, una carta inédita de Charles Darwin donde expresa ideas y opiniones aún más relevantes y de consecuencias más abrumadoras que las vertidas en el último documento que publicamos el año anterior

Qué más puedo decir. Pese al estado casi catatónico del blog, no se concibe un fin de año sin la presencia de nuestro barbudo amigo. Aunque tenga que ser in extremis y con recursos más que precarios. Espero que os despierte, como poco, una sonrisa; y que empecéis 2017 con ánimo y voluntad para ser felices y hacer de este mundo un lugar menos lúgubre y tenebroso.




¡FELIZ 2017!


martes, 27 de septiembre de 2016

El reto de Isa

Durante mi carrera como investigador he trabajado en tres laboratorios distintos. En todos ellos he tenido la inmensa suerte de coincidir con compañeros de bancada magníficos, en parte reflejo de que cada uno de los responsables de dichos laboratorios fueron (son) unos jefes ejemplares, respetuosos y creadores de buen ambiente. Pero los buenos jefes no son la única razón de que un laboratorio sea un sitio donde da gusto trabajar. Hay otro factor, también humano pero que no siempre es obvio, que influye notablemente en este desarrollo de la labor investigadora. Se trata de los técnicos de laboratorio, esos profesionales de la ciencia a menudo ninguneados y pasados por alto, a los que otros investigadores miran con desdén por encima del hombro porque una vez terminan de rellenar las puntas, preparar los medios y pasar las células, cuelgan la bata y se van a su casa o a donde quiera que les apetece pasar las horas que quedan hasta la jornada siguiente, en lugar de quedarse descargando artículos o preparando un seminario de resultados hasta altas horas de la madrugada.




lunes, 19 de septiembre de 2016

La entrevista

- Pero a ver, si es que eres cabezón, ¡quieres devolver la llamada a la periodista!

- Que no macho, no sé cómo decírtelo, ¡que no me da la gana conceder más entrevistas!

- Mira que eres terco. Para una vez que tenemos resultados chulos... ¡el mundo tiene que saberlo! ¡Piensa en la Humanidad, no en ti mismo!

- Estás de coña, ¿no?

- Bueno, un poco; pero macho, la visibilidad nunca viene mal. Quién sabe, igual algún filántropo aburrido se ve inspirado por lo que contamos y nos financia una investigación.

- De coña de nuevo, ¿a que sí?

- Claro.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Una reseña diferente


Por si no fuese bastante honor que mi relato de ciencia ficción haya inspirado una portada, encima se trata de una portada tremenda y que... ¡brilla en la oscuridad! (la oscuridad es el tema común a todos los escritos del número; sí, eso es también marca de la casa. Unidad temática en cada entrega).

Este post iba a ser una reseña de los últimos números aparecidos de Principia y Principia kids, los cuales he leído durante este verano. Quería disfrutarlos bien antes de escribir sobre ellos. Y llegado el momento de contar qué me han parecido, me enfrento a un dilema: no quiero hacer una reseña al uso. De hecho, no puedo hacer una reseña al uso. Por varias razones. Que procedo a enumerar:

1. Principia no puede reseñarse como una revista, como un libro, como un cómic, o como una publicación de divulgación. A sus creadores les gustaría que os dijese que en realidad es un "magacín cultural", pero tampoco la voy a llamar así. Lo más riguroso que podría decir es que es un poco de todo eso... y mucho más que todo eso.

2. Hay multitud de blogs y webs donde se describen los contenidos de los números, empezando por la propia página de la tienda de Principia. Cualquiera que los lea puede hacerse una idea de lo variado, completo y original del índice de contenidos de cada entrega (un ejemplo, y otro, y otro aquí).

3. Una reseña al uso debería incluir una valoración objetiva y pormenorizada de los artículos que componen la revista, sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Obviamente, toda reseña o crítica está siempre sujeta a la subjetividad y los sesgos propios del que la escribe, pero en este caso sería muy flagrante puesto que no solo participo en tres de los artículos contenidos en las revistas (un relato de ciencia ficción de corte clásico, y los guiones de las obligadas citas con OOBIK), sino que conozco personalmente a casi todos los que participan en los demás. A veces es difícil valorar el trabajo de aquellos que te caen muy bien, sobre todo cuando los sigues de cerca y constatas a diario que son gente capaz de lo mejorcito en el campo. Y podría extenderme demasiado. Así que por mucho que me duela, tabla rasa: no nombraré a nadie directamente.

4. En realidad, soy demasiado vago como para hacer lo que de verdad me gustaría: ir uno por uno, destacando sus virtudes y explicando lo que más me ha gustado de cada uno de ellos.

Bueno ya me he cansado de enumerar. Así que voy a dejar a un lado los numeritos y voy a seguir a pelo.

Esta no es una ilustración que uno suela encontrarse acompañando un texto de divulgación. Pero es que la historia que se cuenta, y cómo se cuenta, tampoco tiene nada que ver con la divulgación de la ciencia "clásica". Hay ciencia en "Los 86", pero también hay literatura, emoción, historia, y humanidad. 

Tras mucho pensarlo, he conseguido por fin hallar un buen símil para expresar las sensaciones que, como lector (y olvidando mi participación), me ha producido la dilatada lectura de estas entregas, las cuales me he llevado allí donde he ido este verano. Me han acompañado en mesitas de noche, maletas, en la hora de la siesta y antes de dormir. Comencé la revista por el primer artículo, luego fui saltando de uno a otro, ojeando una y otra vez para recrearme en las ilustraciones, decidiendo cuáles me llamaban más la atención y guiando el orden de lectura según diferentes criterios: porque un dibujo atrapaba mi mirada, porque el autor es un viejo conocido, porque el tema de repente me parece de lo más curioso... en algunos casos, empezaba a leer sin tener ni idea de qué me iba a encontrar. Finalmente, recuerdo agobiarme porque al ir saltando tanto me costaba encontrar los que me quedaban sin leer; así que retomé el principio y fui leyendo todos los que aún no había catado. Como resultado, devoré con ímpetu algunos relatos que me atrajeron desde el principio, pero curiosamente algunos de los que más disfruté fueron de los últimos, porque a lo mejor en su momento no me llamaron la atención. Una vez terminada la revista, la conclusión es que unos me gustaron más que otros; algunos me encantaron, otros me parecieron meramente entretenidos; pero todos, absolutamente cada uno de ellos, me proporcionó algo nuevo, algo original, algo inesperado. Bien por el contenido, bien por la narrativa, bien por las ilustraciones que lo acompañaban.


Los números (perdón; episodios; hasta en la forma de numerar es original esta obra, fíjense en los lomos) de Principia no desentonan en una estantería de cómics, no en vano el formato me retrotrae a algunas de mis novelas gráficas favoritas en formato prestige. Por supuesto, el que cada número incluya historietas de OOBIK también ayuda.

Me vino a la mente - y este es, por fin, el símil - aquellos tomos de Super Humor de cuando era crío, que contenían historietas variadas, algunas protagonizadas por mis personajes favoritos y otras por personajes que no me decían nada en principio. Siempre recuerdo devorar las historias de Mortadelo y Filemón, una tras otra, para luego pasar a las páginas de 13 Rue del Percebe; si había Rompetechos o Pepe Gotera y Otilio, eran los siguientes. Y ya sin rastro del genio Ibáñez, procedía a leer los Superlópez (con el tiempo llegó a cautivarme lo que conseguía Jan además de parodiar a Superman) o los Zipi y Zape. Estos últimos no me entusiasmaban, pero como ávido lector de cómics, al final terminaba por pasar un buen rato; y en otros tomos o revistas de historietas similares (me viene a la cabeza la mítica revista Guai!, cuyo nacimiento y fallecimiento presencié; viejuno que es uno), donde se daban cita otros personajes y autores, a menudo encontraba entre las últimas elecciones en el orden de lectura, auténticas maravillas que llegaban a convertirse con el tiempo en mis favoritas. 


Resultado de imagen de revista guai
El mítico primer número de la revista más guay del kiosco (fuente)


Exactamente esto es lo que sucede con Principia: puede que no seamos muy devotos del estilo de alguno de los autores, puede que algunos temas no nos parezcan novedosos o llamativos, puede que solo nos apetezca leer aquello que es divulgación científica en sentido clásico, o por el contrario, que estemos hartos de los artículos de divulgación; que busquemos aprender cosas nuevas, o que disfrutemos más con las idas de olla, las historietas moleculares, los repasos cinéfilos o los cuentos e historias cortas; pero todo ello ha sido creado por auténticos profesionales, por personas con intereses, experiencias y destrezas de lo más variopinto, siempre desde la pasión y la máxima entrega. Y eso, se nota. Igual que se nota el amor con el que los padres de la criatura (Quique, Cris, Javi y en la impagable labor de co-editores, Silvia y Rafa) se han encargado de pulir las aristas, encajar las piezas, y engalanar todo con un buen gusto y una elección de ilustradores y decisiones de diseño que no solo completan, sino que mejoran aún más el conjunto, convirtiéndolo en una auténtica obra de arte. Arte gráfico, arte narrativo, arte científico. Sí, creo que podemos empezar a hablar de "arte científico" cuando la ciencia o las explicaciones basadas en evidencias experimentales sirven de excusa para hacernos soñar, para hacernos reír, para hacernos llorar. Cuando esa misma ciencia permite crear mundos imaginarios, recrear cosas que nadie es capaz de ver, o inspirar a artistas que terminan pariendo algunas de sus mejores creaciones.

Todo lo escrito en esta reseña vale tanto para Principia como para Principia kids; pero esta última se guarda algunas bazas críticas para conectar con la muchachada, como las páginas para completar con pegatinas (en la imagen, una composición refinada y minuciosa, obra de miniLitos).

Ya advertí que iba a ser una reseña diferente. Porque lo mejor que se puede decir de una obra cualquiera, en el actual panorama sobresaturado y estandarizado, es que sea diferente. Y esta sí es una definición de Principia que me convence, y con cada entrega que tengo en mis manos, me siento más convencido de ello.

¿Qué es Principia? Es algo nuevo, algo bello, algo sorprendente. En definitiva... es diferente. 



jueves, 30 de junio de 2016

La ilusión de heterodoxia (o cuando tu opinión no vale una mierda)

Cuando uno trabaja en ciencia, tarde o temprano llega a una conclusión bastante descorazonadora: tus intuiciones, tus opiniones, tus esperanzas... no valen una mierda. Sí, así de crudo, sin paños calientes. En negrita. Con palabrota y todo. Da igual cuánto busques un resultado, cómo te imagines que va a salir un experimento, hacia dónde dirijas tus esfuerzos. Finalmente te das cuenta de que lo que estás haciendo es interrogar a la naturaleza, y lo que obtienes como respuesta solo lo puedes entender mediante experimentos limitados, sesgados e incompletos. Por si esto no fuese bastante desmotivador, nos encontramos con que el mero hecho de obtener una respuesta es algo poco frecuente. La naturaleza no nos contesta, tenemos que sacarle la información a lo bruto, y desgranar las pocas pistas que, de cuando en cuando, hallamos. Parte de este proceso pasa por repetir los experimentos, una y otra vez, en condiciones exactamente iguales primero, luego en condiciones sutilmente diferentes, finalmente cambiando por completo la técnica o el enfoque experimental. Y solo tras interrogar al objeto de nuestro problema desde todos esos puntos de vista, tras todas esas repeticiones... podemos empezar a traducir. Nos servimos de las matemáticas, a modo de diccionario, para, por medio de ingeniosos (y a menudo poco intuitivos y aburridos ) métodos estadísticos, obtener algo parecido a un "sí" o un "no". Y es en ese momento, cuando por fin podemos responder a nuestra pregunta inicial afirmativa o negativamente, cuando debemos hacer el mayor ejercicio de humildad que se puede hacer: reconocer que después de tanto trabajo, esfuerzo, quebraderos de cabeza... la respuesta obtenida no era la que esperábamos. Toca comenzar de nuevo, replantear nuestra hipótesis, o sencillamente descartarla en favor de otra; tal vez menos emocionante, más anodina... pero más cercana a la descripción de la realidad.

Anton Ego, uno de los fantásticos personajes d ela factoría Pixar, personifica en cada una de sus líneas y gestos las "virtudes" de la soberbia y la autosuficiencia.

Todo esto no es tan difícil de hacer cuando eres, digamos, un don nadie. Uno más entre millones de investigadores experimentales. Cuando tu proyecto no busca dar la vuelta a un paradigma, ni revolucionar un campo concreto. Pero puede ser que haya quien sí persiga esto; o quien crea que está cerca de conseguirlo, aunque sea más o menos involuntariamente. Es en estos momentos cuando el ego nos juega malas pasadas. Gran parte de la "mala ciencia" que ha originado tantos escándalos  que son enarbolados con orgullo y condescendencia por los más críticos con el ámbito científico y su metodología, se enraíza en un ego fuera de control. Tal vez al principio en forma de un sutil despiste, una sobrevaloración del trabajo; pero pronto crece y se extiende como la niebla, empañando el resto del trabajo y enmascarando los datos que parecen querer gritarnos que estamos yendo por el lado equivocado. Esta caída en el Lado Oscuro puede llevar a buscar atajos, a estilizar nuestros resultados, a pulir nuestra estadística e incluso a ocultar los datos que se alejen de nuestra "verdad". Y entonces, nada nos distinguirá del peor de los pseudocientíficos. Porque cada vez tengo más claro que nuestro trabajo no consiste en "hallar la verdad"; ese es un concepto relativo. Trabajamos para describir la realidad y aprender a manejarnos con ella. Y hasta esto es relativo, en parte; la realidad es la que percibimos como individuos, como mamíferos con cierta capacidad para interpretar lo que nos rodea. Pero sigamos dándole vueltas al tema del ego, que estamos llegando al meollo del asunto.

Toma heterodoxia, rufián (fuente)

En torno a esta caída en desgracia regida por el ego desmedido, se cierne otra sombra no menos importante: la de la ilusión de heterodoxia. La historia de la ciencia está plagada de personajes considerados heterodoxos, que contradijeron los paradigmas del momento, que nadaron a contracorriente y no se amedrentaron a la hora de transitar un camino que los demás tachaban de no llevar a ninguna parte, o de contradecir posturas dogmáticas y anticientíficas. Galileo Galiei, Alfred Wegener o el mismísimo Charles Darwin personifican esos genios adelantados a su tiempo que se negaron a sumirse al consenso generalizado y defendieron sus ideas, siempre sustentadas en un trabajo exhaustivo y en una batería de evidencias que harían palidecer a muchos "genios" actuales. La tentación de convertirse en uno de estos eruditos puede ser grande, y lleva  a muchos científicos de gran renombre y con una trayectoria a sus espaldas más que reconocida, a querer personificar esa ilusión heterodoxa. Dejarse llevar por dicha ilusión sin tener en cuenta todo lo que hemos expuesto acerca de los datos y su tiranía ajena a las pasiones humanas significa perder el rumbo. Lynn Margulis no tenía razón por revolucionar la concepción de la biología clásica con sus ideas acerca de la simbiosis celular; la tenía porque las pruebas y evidencias respaldaban sus postulados; y de hecho, más adelante se le fue de las manos el querer llevar dichas ideas más allá de lo que la evidencia, llegando a personificar incluso el negacionismo en temas como la existencia del VIHNo está en nuestras manos decidir si somos heterodoxos o no; es una cuestión histórica y de contexto. Puede que nuestra investigación vaya en contra de la de muchos otros, pero en la era de la información y de la rapidez de contraste de cualquier publicación, experimento o hipótesis, lo sensato es ceñirse al trabajo y las evidencias recogidas por otros. La ciencia no es democrática, dicen; pero sí existe consenso científico. Lo bello de esta situación es que dicho consenso es dinámico, y cambia tanto como cambia la disponibilidad de datos y evidencias acumuladas. Lo que algunos confunden con debilidad, es en realidad el auténtico valor de la metodología científica: su capacidad de corregirse y mejorar sus conclusiones continuamente. Si fuimos pioneros, puede que incluso lo sepamos en vida, pero normalmente pasarán años hasta que se confirme lo que realmente fuimos; pero nada hay de meritorio en enarbolar uno mismo la bandera de la heterodoxia, descalificando el trabajo ajeno, queriendo buscar genialidad y revolución cuando, lamentablemente, la época histórica de dogmatismos obtusos y oscuros que se veían desgarrados por la luminosidad de un genio puntual que podía ver más allá de sus coetáneos, ya pasó. Hay ideas revolucionarias, descubridores e inventores fantásticos... pero sus hallazgos y méritos se contrastan enseguida, y el consenso vira vertiginosamente a su favor, guiado por la ola de las nuevas evidencias. La naturaleza no ofrece síes ni noes, blancos ni negros; navegamos en un mar de tonos grises, donde es fácil cambiar de dirección siguiendo la cresta de la ola, pero con la tranquilidad de que en los momentos de calma, subidos al palo mayor y desde la cómoda posición del vigía, podemos echar la vista alrededor, reunir trabajos y más trabajos realizados antes y ahora en todos los lugares del mundo, y sacar conclusiones que cartografían cada vez con mayor precisión ese mar de grises en el que siempre parecemos navegar a la deriva.

Y ahora, para terminar, descendamos amigos míos del palo mayor, arribemos a puerto y descendamos de esta metáfora marítima para arremeter, de forma prosaica y banal, contra aquellos autodenominados heterodoxos que hacen estragos hoy día en las redes sociales. Gente que confunde sensacionalismo barato con ingenio y marketing; personajes que se mueven en un campo tan serio como la salud pública, y aun así manejan términos y definiciones como les viene en gana, con tal de llamar la atención y denunciar problemas que consideran importantes. Por supuesto que muchos de dichos problemas sí merecen atención. Pero olvidan, al lanzarse a esta estrategia, lo imprescindible del rigor cuando se habla de ciencia. Las palabras importan (se lo repito a mis alumnos en TODOS los exámenes), las definiciones deben ser precisas, las excepciones cuentan: todas ellas. Negar enfermedades para criticar el sobrediagnóstico, minimizar la relevancia de patologías mortales para denunciar efectos secundarios de ciertos tratamientos... son ejemplos de pura y simple irresponsabilidad y falta de respeto hacia los millones de personas que sufren y padecen, directa o indirectamente a causa de enfermedades incurables. No puedo sino indignarme y sentirme tremendamente cabreado cuando lo hacen personas con formación científica, que tal vez movidos por un ego desmesurado o poseídos por el fantasma de la heterodoxia*, atesorando seguidores e idolatradores que no cuestionan sus palabras, sus métodos, ni sus intenciones. Estos científicos, que pueden haber sido brillantes en su día, han olvidado la valiosa lección con la que empezábamos: tus deseos, tus ansias, tus opiniones, tus impresiones obtenidas en base a una experiencia personal individual a lo largo de la irrisoira duración de una vida profesional humana... no importan una mierda. Da igual lo genial que seas, o lo valioso de tu mensaje: todo aquello que cuentes que se aleje de los datos, de la evidencia, y más importante, que obvie el sufrimiento y el dolor de tus congéneres... no importa una mierda.

Trabaja, encuentra, denuncia, comunica. Con toda la pasión que puedas. Pero con rigor, con respeto, y con humildad. Porque hay mucho en juego, no sólo tu reputación o el que tu nombre pase a los libros.

Lo cual, dicho sea de paso, tampoco importa una mierda.


* he obviado deliberadamente la posibilidad de que estos personajes no estén movidos por fantasías de ego y heterodoxia, sino por la más vil mezquindad consistente en ganar dinero a costa de vender sus productos o sus ideas en forma de charlas y cursos magistrales. Esto directamente no es que no importe una mierda, es que en mi opinión debería constituir delito y ser perseguido cuando afecta a la salud pública, y daría para varios posts.


lunes, 6 de junio de 2016

I CONCURSO JINDETRÉSICO: un ganador, y una exclusiva

Bueno amigos, quién lo iba a decir, pero a pesar de la frikez de reto planteado y las horas bajas del blog, en respuesta a la pregunta planteada en el I Concurso Jindetrésico "Esto no es una pipa" recibimos no una ni dos, sino ¡muchas! respuestas, la mayoría además flamantemente correctas (incluso muy detalladas). Así que, tras un sorteo ante notario  de cuya aleatoriedad solo tenéis mi palabra (al menos puedo garantizar que el encargado de sacar las papeletas del frasco no sabía leer; algo es algo), paso a anunciar a la afortunada persona ganadora:

Ester Artells (@Dr_Esterichia)

Curiosamente, el azar ha favorecido a la primera persona que retuiteó el desafío y me estuvo instando a decir la solución o a dar pistas, hasta que me motivó lo suficiente como para convertir el reto tuitero en un concurso de blog. Un caso de karma buen rollero que ni Earl Hickey, amigos. ¡¡Enhorabuena!! 

¿Y qué ha ganado, exactamente, os preguntaréis? (sobre todo él/ella). Pues como ya anuncié, un libro de divulgación. ¿Y qué libro de divulgación?, me responderéis, un poco hartos de tanto rodeo. Pues ni más ni menos que el estreno de servidor de ustedes, en formato celulósico.




La colección "¿Qué sabemos de...?" es una iniciativa del CSIC en colaboración con la editorial La Catarata, para publicar sencillos libros de divulgación sobre temas de actualidad, escritos por científicos en activo, y a un nivel de sencillez suficiente como para que los entienda alguien sin formación en el campo correspondiente. Desde jóvenes, hasta adultos con interés por la ciencia. Recibí un día una llamada misteriosa proponiéndome lanzarme a escribir una entrega sobre epigenética, y aunque a día de hoy sigo sin creerme que fuese porque la responsable de seleccionar títulos y autores se topase de casualidad con mi blog, la cuestión es que me animaron a aceptar el reto. He intentado en la medida de lo posible mantener el espíritu y el tono que ya había leído en otros libros de la misma colección, pero también aportar algo de mi personalidad y estilo (es decir, unas cuantas dosis de chorraditas). Ha sido mi primera experiencia "a gran escala", comparado con mis escarceos con la divulgación más "clásica" que he hecho en formato virtual y cortito anteriormente; he sudado bastante, más cuando se trata de un tema no exento de malas interpretaciones y polémicas habituales; pero creo que he conseguido dejar claro que la ciencia está bastante lejos de dar los temas por zanjados y de definir las cosas como blancas o negras. Creo que eso es de lo más importante a la hora de divulgar. Así que os animo a todos a hincarle el diente a la obra, y a escribirme sin pudor ni remordimientos para comentarme vuestras apreciaciones, sugerencias, críticas, o alabanzas. La experiencia, pese a la dificultad entrañada, me ha resultado muy disfrutable, y sin duda me encantaría repetir. Gracias a esta primera experiencia, he roto el hielo. Veremos hacia dónde me lleva dicha rotura.

Muchísimas gracias a los que habéis participado, ojalá tuviera libros para todos, pero bueno quise reservarme al menos uno de los ejemplares autoriles para premiar (aunque fuese de manera simbólica) a mis lectores, los cuales, como bien menciono en los agradecimientos del libro, son en gran parte responsables de que el mismo haya podido existir. 

El libro se puede adquirir en la web de La Catarata pinchando aquí y en Amazon pinchando aquí. Bueno, y en algunas librerías selectas, ¡faltaría más!

Gracias a todos, y espero que disfrutéis del pequeñín. Ya me contaréis.


viernes, 20 de mayo de 2016

I Concurso Jindetrésico: "Esto no es una pipa"

Si has pinchado por lo del concurso.. sí, efectivamente, hay un concurso escondido en este post. Y viene con premio. Pero antes, un poco de contexto.